miércoles, 28 de julio de 2010

Todo en orden

La primera fue muy rápida, el cuchillo atravesó su carne sin que yo me diera casi cuenta, se clavó fácilmente, aunque yo solo miraba su cara, sus ojos perdidos.

No lo pensé, bueno admitámoslo, igual sí, por algo llevaba ese cuchillo.

Las siguientes fueron automáticas, como si mi brazo fuera impulsado por un resorte, no podía parar, ni en la segunda, ni en la tercera, ni en las que siguieron.

No se defendió, solo me miraba fijamente, intentando creer, hasta que cayó.

Ya casi no sangra, mejor, no me gusta nada el color de la sangre al secarse, es un color sucio, desagradable, nada que ver con el brillo y la magia de ese rojo que brota de una herida abierta.

Tendré que limpiar. Limpiar siempre me ha tranquilizado mucho, me ayuda a desconectar, aunque ahora ya no estoy nerviosa, nunca había probado este método, y sí, es realmente relajante.

lunes, 12 de julio de 2010

Encuentro

Lo encontré tirado en la calle, cubierto por cartones de leche.
¡Miles de cartones de leche!

¿Porqué son tan pequeñas las cajas de leche?
Recuerdo cuando iban en paquetes de diez o de 12 litros, a día de hoy, como mucho hay seis.
Aunque también es cierto que antes apenas llevaban cartón, eran plástico en su mayor parte, habría necesitado millones para cubrirse.

En principio me asusté, era extraño verlo allí tumbado, pero lo que más me aturdía eran sus palabras. Estaba canturreando...

- Con la a, Alburquerque, alburquerqueño, con la b, Borneo, dayak, con la c, Codorniz, cordigueño...

Era aturdidor, nunca imaginé que llegaría a acostumbrarme a su pasión por los gentilicios, que llegarían incluso a divertirme, siempre que escucho esa tonadilla, sé que está dibujando.

Temí acercarme, no por su aspecto en sí, a mí lo extraño siempre me ha gustado, soy alérgica a la lactosa y algo de leche tenía que tener encima, seguro.

Le hablé y levantó la mirada. Apenas tiene ojos, por eso lleva gafas, para que no se le estropeen. Este mundo está lleno de cosas muy raras, y él tiene miedo de que los ojos se le caigan.

Así le encontré, esa noche lejana. Ya hace mucho tiempo, pero al recordarlo, aún me pica todo.

¡Puta leche!

La Caja

Estaba sentada, con la mirada fija en la caja.
No era demasiado grande, poco más grande que su mano. Le costaba entender como cabía tanto ahí dentro.
Nació para escuchar, no para contar, nunca supo decir lo que sentía, quizá por eso nadie la auxilió, por eso no llegaban los abrazos que tanto necesitaba.
En esa caja estaba todo, los secretos de los que había sido cómplice, mentiras, traiciones, inseguridades e incluso amores furtivos que se vio en la obligación de encubrir.
Hoy la abriría, dejaría salir todo aquello, haría daño sí, mucho, pero ver sufrir a los demás la aliviaría, el dolor ajeno hace más leve el tuyo, o eso dicen ¿no?
Todo el mundo vivía su vida, sin pensar en ella, en sus sentimientos, en esa desesperación que la inundaba. Nadie le preguntó por sus lágrimas, nadie las vio.
Se acercó a la ventana, la abrió y miró aquella noche cerrada.
Tomó la caja en sus manos, le temblaban, abrió con fuerza su pecho, y allí volvió a guardarla, sin la llave echada, por si hacía falta volver a usarla.
Volvió a la ventana, miró hacia lo lejos, no veía nada.
No vio donde caía, nunca sabrá donde encontrarla, la llave se perdió en silencio, como ella lloraba.
Prefirió el calor del llanto en su cara, a aquel plato frío llamado venganza.