Estaba sentada, con la mirada fija en la caja.
No era demasiado grande, poco más grande que su mano. Le costaba entender como cabía tanto ahí dentro.
Nació para escuchar, no para contar, nunca supo decir lo que sentía, quizá por eso nadie la auxilió, por eso no llegaban los abrazos que tanto necesitaba.
En esa caja estaba todo, los secretos de los que había sido cómplice, mentiras, traiciones, inseguridades e incluso amores furtivos que se vio en la obligación de encubrir.
Hoy la abriría, dejaría salir todo aquello, haría daño sí, mucho, pero ver sufrir a los demás la aliviaría, el dolor ajeno hace más leve el tuyo, o eso dicen ¿no?
Todo el mundo vivía su vida, sin pensar en ella, en sus sentimientos, en esa desesperación que la inundaba. Nadie le preguntó por sus lágrimas, nadie las vio.
Se acercó a la ventana, la abrió y miró aquella noche cerrada.
Tomó la caja en sus manos, le temblaban, abrió con fuerza su pecho, y allí volvió a guardarla, sin la llave echada, por si hacía falta volver a usarla.
Volvió a la ventana, miró hacia lo lejos, no veía nada.
No vio donde caía, nunca sabrá donde encontrarla, la llave se perdió en silencio, como ella lloraba.
Prefirió el calor del llanto en su cara, a aquel plato frío llamado venganza.
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